lunes, 4 de julio de 2016

El rey de los saurios






¡Hola amigos!




Hace miles de años, todos los reptiles del valle del Arlanza vivían bajo el mando de un lagarto. Este no era el más grande, ni el más fuerte, ni siquiera el más veloz. Tenía algo que le distinguía de todos los demás, una característica biológica que le convertía en rey; su sangre.

La sangre de Lepidus era caliente.

La jerarquía de aquel lagarto duró varias décadas, lo controlaba todo, tanto la vida diurna como la nocturna, en verano y en invierno. Le gustaba vigilar y contemplar su territorio las noches claras, las noches de calma en las que podía escuchar desde su risco a quienes merodeaban por sus posesiones. Este hábito nocturno le permitía controlar a otras especies que convivían en su terreno, sabía cuándo llegaba el chotacabras cuellirrojo, cuándo metamorfoseaban los pequeños sapos de espuelas, dónde cazaba la lechuza o cuántas crías había tenido ese año la silenciosa gineta.







Las diferentes especies de lagartijas que habitaban el valle, solían llevarle ofrendas el día del solsticio de verano, ritual que marcaba el inicio de la temporada de Sol.

El risco desde donde Lepidus observaba el entorno estaba marcado por la cantidad de "cadillos" que crecían en sus rendijas. También llamados "tagarninas", los cardos de flores amarillas decoraban ese oteadero y hacían sentir cómodo al lagarto rey.



Lagarto ocelado



Lagarto ocelado



Lagarto ocelado



Lagarto ocelado


Los últimos coletazos de Lepidus ocurrieron precisamente un día de solsticio de verano.

Aquel año hubo plaga de langostas, y la cantidad de ofrendas que recibió el rey fue desorbitada. El rey, como muestra de poder, acabó con todas las langostas que le llevaron, y al atardecer estaba ya llenísimo. El ocaso se acercaba y Lepidus salió de su cueva para descansar en la repisa de su risco.

Nadie presenció sus últimos momentos ya que el resto de reptiles se había retirado a pasar la noche, pero algunos cuentan que aquella suculenta comilona le costó la vida.

 En ese momento, se sentía tan pesado que los párpados empezaron a cerrársele, y no pudo percatarse de que un águila calzada cicleaba sobre esa zona. Las garras de aquella calzada, marcarían no sólo las escamas de su piel sino también, el final de su reinado.

Desde entonces, no ha vuelto a nacer ningún reptil de sangre caliente y por lo tanto, la vida de los reptiles del valle fluye con total libertad.




Bueno, espero que os haya gustado esta pequeña historia de verano.

¡Un saludo a todos y hasta la próxima!





4 comentarios :

  1. Buahhh, como me has dejado. menuda historia acompañada de unas preciosas fotos. Y tu hablas de genios? el genio eres tu. Enhorabuena por este entradon que me he leido 3 veces. Un pasote. Y enhorabuena por ese libro. Eres un fenómeno. Un fuerte abrazo querido amigo.

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    1. Hola Jero,

      un poco de literatura natural para cuando no tengo demasiado material, me alegro de que encima guste.

      Un abrazo maestro!

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